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La innovación y yo (tú) bibliotecario

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En estas mini-charlas buscaremos aproximarnos al universo de la innovación, no desde conceptos o metodologías como se ha propuesto ya por otros bibliotecarios que exponen el tema, sino desde las habilidades, experiencia y conocimiento de cada persona que se conecta a este espacio.  Si de conceptos se tratara, con una buena búsqueda en nuestra biblioteca o la web académica, una leída y quizá algo de mnemotecnia sería suficiente, o tal vez con un taller de diseño de servicios bastaría. Sin embargo, la innovación es mucho más y va mucho más allá del mero ejercicio de leer o diseñar algo a través de una metodología.  En primera medida me atrevería a advertir que la innovación es todo un estilo de pensamiento y en consecuencia un estilo de vida. 

En ConIngenio usamos la palabra bibliotecario de forma indistinta al género, grado de especialización (profesional o empírico) o país en el que se ejerce.

 

Abordar la innovación desde lo humano nos facilita el proceso de aprendizaje técnico, pero, posiblemente nos complique la vida.  No es fácil transformar estilos de pensamiento. Cuando estudiamos ampliamos nuestro banco de conocimiento, aunque, no necesariamente estamos transformando nuestra forma de pensar y actuar.  La innovación nos obliga a revisarnos primero. Y tiene lógica. Pretender inducir un cambio o mejora en un sistema, por ejemplo, uno denominado “biblioteca” o “mi trabajo en la biblioteca”, sin revisar primero nuestras formas de pensar y actuar en él, es decir, de relacionarnos con ese sistema,  hará que la tarea sea compleja, no logremos los resultados esperados o la abandonemos.  Así que, si no tenemos la capacidad de transformación o al menos la de adaptación o aceptación, no es el momento de acercarnos al mundo de la innovación.

Mi experiencia impulsando temas de innovación bibliotecaria en latinoamérica, me ha regalado el privilegio de conversar con gran cantidad de colegas que tienen todo tipo de posturas frente al tema que nos ocupa. Es frecuente encontrar personas que argumentan que la innovación es costosa o no hay presupuesto, resulta difícil, el jefe no la promueve, los compañeros no son innovadores, los salarios no justifican el desarrollo de proyectos nuevos o a las instituciones no les importan las bibliotecas, entre muchas otras razones externas. Si estamos de acuerdo con al menos una de esas justificaciones o tenemos otras en la misma línea, entonces, somos una barrera para la innovación, proponiendo barreras. Ningún limitante externo puede ser el motivo por el cual no se lleven a cabo transformaciones. Las mismas razones, son para las personas que hacen innovación, un detonante, un reto.  Un bibliotecario innovador diría ¿Cuál es la mejor manera de venderle la idea a mi jefe? y nunca:  el jefe no me escucha, no le importa o no quiere; trabajaría en función de cómo gestiono o consigo los recursos y no se quedaría en el “no hay plata para la biblio”.  Todo esto, indistinto del cargo o rango dentro de su institución o biblioteca. Y aunque también he tenido la suerte de coincidir con colegas que tienen posturas más cercanas a lo que podríamos denominar un bibliotecólogo transformador, sigo considerando que el principal obstáculo de la innovación bibliotecaria somos los bibliotecarios. 

Clic aquí para ver la presentación que acompañó la mini-charla 

Aceptar que somos una barrera u obstáculo es complicado,  más aún cuando vamos por el camino profesional vendiendonos desde nuestra vocación de servicio y afirmando amar nuestras bibliotecas, nuestra profesión e incluso algunos más románticos amar al usuario.  No digo que no sea así, seguro lo es.  Lo que quiero resaltar es que nuestro discurso dificulta el entendernos a nosotros mismos como barrera,  y ésto solo para citar un ejemplo, porque la realidad es que estamos llenos de información que dificulta la aceptación de esa premisa, como los títulos logrados o no logrados, la universidad que nos tituló, el lugar y cargo donde ejercemos,  los años (muchos o pocos) de experiencia acumulada, etcétera.  El banco de justificaciones que he podido recoger en las conversaciones con colegas, no es la única razón que me lleva a pensarnos como obstáculo, existen varias, siendo las tres principales: 1. Nuestra pobre capacidad de absorción y en consecuencia de prospección.  2. Las habilidades que tenemos versus las habilidades que exige el nuevo mundo. Y 3. La tendencia natural a privilegiar sólo al método científico como generador de conocimiento.  La primera, nos lleva a limitar el cómo vemos y proyectamos el ejercicio de la profesión o el oficio, la segunda limita la acción, y la tercera limita la libertad creativa.  

Ser la barrera no es tan malo, por el contrario facilita las cosas.

Si queremos innovar, pero somos el primer obstáculo,

entonces, lo único que tenemos que hacer es: dejar de serlo.  

Reconocer que somos la barrera es un ejercicio individual e íntimo, por eso, la innovación es un proceso que nos confronta: ¿Qué de mi, dificulta o posibilita en mayor o menor grado el ejercicio de mi profesión, los resultados de mi trabajo, el ambiente laboral, el aprendizaje, el desarrollo de nuevos proyectos, o influye en mi remuneración?.  El tiempo que nos tome y las lecciones, dependen de si somos una barrera de papel o el que fuera el muro de Berlín. Dejar de serlo, es tomar nuestra experiencia, conocimiento y nuestras habilidades para obrar con humildad desde un rol específico dentro de los procesos de innovación y asumir el compromiso de mejora continua con nosotros mismos, los equipos y las instituciones o las bibliotecas.  Es decir, trabajando nuestras capacidades de aceptación, adaptación o transformación. Tan solo con la de aceptación, estamos ya en el anhelado estado de “mente abierta” y una vez allí podremos mejorar o desarrollar la capacidad de absorción y de prospección, las habilidades bibliotecarias del siglo XXI y la libertad creativa.   Luego vendrá la formación técnica en innovación, las teorías, los estudios de caso, los ejercicios y los proyectos de innovación. 

Cuando nos atrevemos a dar el paso a la innovación, el nuevo estilo de pensamiento empieza a hacerse evidente en cada acción.  Por ejemplo, a propósito de la pandemia que nos azota, la pregunta que muchos se están realizado es ¿Cómo extender nuestros servicios en época de aislamiento social?. La pregunta que se haría un bibliotecario innovador es ¿Cuáles son las mejores maneras de ayudar o resolver problemas de nuestras comunidades con los recursos que tenemos o con lo que sabemos hacer?. No es que lo primero este mal. Es que el mundo volvió a cambiar, cambiaron las prioridades, cambiaron las necesidades. La primera pregunta es reduccionista, nos invita a pensar en el mismo círculo que hemos operado hasta hoy. Extender nuestros servicios, me traslada a pensar en lo que ya tenemos (no da lugar a nada nuevo). En época de cuarentena, nos advierte temporalidad: “mientras volvemos a lo viejo”.   La segunda, que es sólo un ejemplo, pues existen muchas formas de plantearnos interrogantes y muchos interrogantes por plantear, nos invita a retarnos, a proponer, a crear, a pensar en otras direcciones, extender los servicios sería tan sólo una opción más para responder la segunda.  Si logramos modelar y pensar ese mismo interrogante en muchos escenarios, podremos llegar a plantear una pregunta detonante.  Gracias a las preguntas detonantes, encontramos soluciones diferentes, que llevadas a la acción agregando valor a la comunidad, se reconocen como innovación.  Pero por ahora, primero lo primero:  La innovación y yo (tú) bibliotecario.  

 

Edna Carolina Rubio

Fundadora y directora GCI

 

En nuestra próxima mini-charla, hablaremos de la capacidad de absorción 

Puedes inscribirte haciendo clic aquí 

Las mini-charlas se  realizan los lunes a las 19horas GMT-5, vía Hangouts.   (Del 30 de marzo al 18 de mayo de 2020)

(GMT-5: Colombia, Ecuador, Panamá, Perú; México hora centro -hora de verano-)

 

 

 

 

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